“El Poder de las Palabras”
El poder de las palabras no se limita a la esfera personal; tiene profundas implicaciones en las estructuras sociales y en las relaciones de poder. Esta idea ha resonado fuertemente en mí a lo largo de mi experiencia universitaria, pero sobre todo en momentos de vulnerabilidad, como inmigrante y estudiante. Cada palabra que recibimos o emitimos, consciente o inconscientemente, moldea la forma en que nos percibimos y nos inserta en dinámicas de poder. Durante la clase, esto se hizo súper evidente cuando empezamos a compartir frases que, de alguna forma, nos marcaron. Fue un momento revelador, porque nos dimos cuenta de cómo algunas cosas nos afectan más o menos dependiendo de dónde estemos en nuestra vida, qué estamos viviendo, y quién nos lo dice.
En la universidad, vivimos rodeados de palabras. Todo el tiempo estamos recibiendo comentarios de profesores y compañeros que influyen en cómo nos vemos a nosotros mismos, en cómo creamos y en qué tanto nos motivamos. Esas palabras, a veces sin que nos demos cuenta, tienen el poder de cambiar por completo nuestra percepción de lo que somos capaces de hacer, de nuestras habilidades y de lo que creemos que podemos lograr. Y eso es algo que me ha acompañado durante toda mi experiencia académica ¿Qué implica recibir una crítica de alguien en una posición de autoridad? ¿Cómo esa crítica se internaliza y moldea nuestra autoimagen?
Recuerdo que, en mis primeros años en la universidad, cuando estaba tratando de encontrarme en la carrera y en mi nueva vida de inmigrante, un comentario despectivo sobre mi acento de parte de una docente me afectó demasiado. Aunque en el momento no lo vi como algo terrible, después pude notar que había desarrollado una nueva inseguridad por eso. Desde una perspectiva crítica, lo que experimenté no fue solo una crítica aislada, sino la manifestación de un idiolecto que reforzaba una jerarquía cultural: el lenguaje "correcto" frente al "incorrecto", lo que implica pertenecer o no pertenecer a una comunidad académica. En este sentido, las palabras no son inocentes; operan dentro de un sistema de poder que dicta quién tiene la autoridad para hablar y cómo debemos ser percibidos. Mi experiencia personal con el comentario sobre mi acento no es única, sino parte de una lógica más amplia donde las palabras se convierten en instrumentos para ejercer control social y marcar límites entre lo aceptado y lo excluido.
Una de las frases que compartió una compañera en clase, aunque no era grosera, me hizo pensar en cómo hubiera reaccionado yo si me la hubieran dicho al principio de mi carrera y cómo reaccionaría si me la dicen ahora. La verdad es que me habría afectado muchísimo. Pero ahora, he aprendido a tomar esas críticas de manera diferente. Lo que antes veía como un golpe duro, ahora lo veo como una opinión, no tanto una crítica.
Este cambio en la forma de recibir palabras refleja un crecimiento personal. En mis primeros años, las palabras parecían tener un poder absoluto sobre mí. Una crítica negativa podía hacerme dudar de todo: de mis capacidades, de si estaba en la carrera correcta, e incluso de mi valor como persona. Ahora, después de varios años de formación, me doy cuenta de que esas palabras no tienen que definir quién soy o lo que soy capaz de lograr. He aprendido a filtrarlas y a quedarme con lo que realmente me sirve, dejando de lado lo que no contribuye a mi crecimiento.
Lo que quedó súper claro para mí es cómo se manifiesta ese poder de las palabras. No es lo mismo que un comentario venga de alguien que apenas conoces, a que venga de una persona que admiras. La relación que tenemos con quien nos habla cambia por completo el impacto que sus palabras pueden tener en nosotros. En los primeros días de la carrera, cuando todo es nuevo, tendemos a poner a nuestros profesores en un pedestal, casi como si lo que dijeran fuera ley. Pero con el tiempo, a medida que vamos desarrollando nuestra propia confianza y estilo, empezamos a filtrar lo que nos dicen. Aprendemos a quedarnos con lo que realmente nos sirve y a dejar ir lo que no. O como una de las frases que me marcaron dice: “Hay que agarrar con pinzas”.
Esa metáfora, “agarrar con pinzas”, encierra la esencia de cómo ahora enfrento los comentarios que recibo. No es que el poder de las palabras haya disminuido, pero ahora soy más consciente de mi propio poder para decidir qué hacer con ellas. Ya no me defino por lo que otros piensan, sino por cómo elijo reaccionar ante lo que me dicen.
Este viaje, esta evolución en la manera en que recibimos las palabras, es algo que todos vivimos en algún momento. Las palabras siguen teniendo poder, pero somos nosotros los que decidimos qué hacemos con ese poder. Este aprendizaje no solo aplica en el ámbito académico, sino también en nuestra vida personal y profesional. Las opiniones, críticas y comentarios están siempre presentes, pero al final del día, la responsabilidad de cómo los dejamos influirnos recae sobre nosotros. Aprender a diferenciar entre una crítica constructiva y una que no tiene un propósito real más allá de desestabilizarnos es parte fundamental de ese proceso de madurez.
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ResponderEliminarN
ResponderEliminarMe parece que el texto logra conectar los contenidos de la materia, pero se puede mejorar para profundizar más la reflexión. Está bueno que construyas un discurso argumentativo y no solo te quedes en describir tu experiencia personal. ¿Cómo las palabras afectan las relaciones de poder o la identidad? Logra conectar su experiencia personal con el tema del idiolecto y el poder de las palabras. El enfoque es mayormente personal, hay una reflexión, pero sin profundizar tanto en la resonancia teórica o el abordaje crítico de los conceptos.