Mis preguntas
Era una pregunta individual. Yo propongo dos. Son preguntas que, por un lado, me angustian y, por el otro, me proponen desafíos.
1. ¿De qué manera puedo aportar algo nuevo al cine, considerando el vasto repertorio de películas e historias ya existentes?
2. ¿Cómo gestionar un equilibrio entre el trabajo creativo y las responsabilidades económicas que conlleva el mundo profesional, sin que estas presiones apaguen mi pasión por el cine?
La primera pregunta me acompaña desde el momento en que decidí estudiar una carrera de diseño, e incluso me llevó a cuestionar si realmente tenía la capacidad para dedicarme a la profesión de diseñadora. Desde mi perspectiva, la creatividad es el aura del diseño y el arte; es ese componente humano esencial e irrepetible que impulsa la originalidad y permite la constante reinvención. Es por eso que la inteligencia artificial nunca va a poder reemplazarnos en el diseño, por más avanzada que sea, porque carece de esa chispa genuina de intuición, emociones y experiencias personales que sólo un ser humano puede aportar.
Sin embargo, en el mundo del diseño, la creatividad humana parece estar sujeta a una expectativa de “constancia”, como si debiera fluir de manera ininterrumpida y siempre a disposición para resolver cualquier problema o desafío creativo. En mi caso, la creatividad llega en olas que vienen y se van; hay momentos en los que las ideas fluyen casi sin esfuerzo, mientras que en otros me siento completamente como una hoja en blanco. Y esa hoja en blanco es lo que me asusta, especialmente ahora que escribo este texto porque estoy bastante desmotivada. No es tanto una cuestión particular con la materia, sino con la facultad en general; quizás sea simplemente el peso acumulado y el cansancio de fin de año…
La facultad es para mí un lugar que “me contiene”, que me permite experimentar y errar, un lugar donde puedo “jugar a ser profesional” sin asumir, por completo, esa responsabilidad. Pero sé que, al entrar al mundo laboral, las reglas van a ser diferentes. Desde una completa subjetividad, siento que en el ámbito profesional se espera que la creatividad sea funcional y esté disponible sin importar los bloqueos o el cansancio. Y lo que me preocupa es que esta situación termine apagando mi pasión por el cine (pregunta 2). Me da miedo perder mi resonancia… y en definitiva, terminar perdiendo mi propio sonido… Me preocupa perderme en un mar de fórmulas preestablecidas y convenciones que me alejen de lo que realmente quiero contar, lo que quiero transmitir, de lo que realmente soy…
En mi manifiesto de la clase pasada escribí: “todo en este mundo ya está hecho”. A lo largo de la carrera, especialmente en las materias proyectuales, escuché a profesores preguntarnos qué elemento novedoso aportaríamos al cine. Siento que esa es una forma “equivocada” de enseñar, porque genera una ansiedad que difícilmente encuentra respuesta. Ese tipo de comentarios alimentan a nuestro monstruo interno que nos autoboicotea. En lugar de centrarse en lo novedoso, creo que sería más valioso celebrar las ideas y ahondar en el punto de vista personal que cada realizador tiene sobre una problemática o tema. Yo creo que mientras exista la mirada del realizador, cada historia será única. Es esa visión singular, ese filtro personal de experiencias, emociones y sensibilidades, lo que convierte a lo que ya está hecho en algo nuevo. Esta forma de pensar me da un alivio temporario…
En cuanto a la segunda pregunta, lo que realmente me inquieta hoy en día es cómo todo en la vida parece volverse una transacción comercial. Constantemente nos estamos “vendiendo” ante los demás; buscamos proyectar simpatía, inteligencia y, a veces, incluso aparentamos ser algo que no somos. Nos ponemos una máscara para convencer a alguien de que invierta en nuestros proyectos, de que se interese en nosotros. Vivimos en un mundo donde la competencias entre unos y otros se vuelve una constante. Estamos siempre comparándonos: quién es más creativo e innovador, quién tiene más proyectos reconocidos, quién alcanza mayores logros, quién parece tener más éxito. Esto genera un ambiente superfluo donde el diseño y el arte quedan opacos por la necesidad de destacarse a toda costa. Todo esto me resulta falso e insoportable. De alguna forma, tengo miedo a alienarme, a trabajar mecánica y rutinariamente, a perder el interés por lo que hoy en día me moviliza. Pero de repente me acuerdo de Jonas Mekas y de su manifiesto contra el centenario del cine (1997):
Y ahora que lo pienso, y retomo una de las primeras actividades de esta materia, creo que esta sería mi ciudad ideal, este sería mi mundo ideal. Completamente utópico, lo sé, pero humano. Un mundo que reivindica la belleza de los actos sutiles, esos que no buscan ser reconocidos ni colocados bajo los reflectores. Un mundo que promueve al diseño y al arte como formas de expresarse para conectar con aquellos que, como uno mismo, buscan en el arte una forma de comunicación genuina. Un mundo donde la competencia y lo superficial no dominan, donde las los pequeños diseños son los que realmente importan. Qué bien es poder manifestarse, y creo el diseño es justamente eso, un manifiesto. Qué bien es poder manifestarse, y creo el diseño es justamente eso, un manifiesto. Una declaración y una representación del mundo y como lo pensamos, lo sentimos y lo vemos. Una toma de postura.

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