Hoy, en la clase, nos dieron un ejercicio que nos llevó a replantear la manera en que pensamos y sentimos el diseño. Nos pidieron dejar de lado la necesidad de control y soltarnos a través de la música. Fue un desafío inesperado, una invitación a dejarme fluir, y me di cuenta de cuánto cuesta dejar de lado el impulso de tener algo definido o fijo. Me cuesta dejarme fluir, dejarme ser, será vergüenza? será el miedo a que pueden pensar de mi? De todas formas, esta experiencia me hizo reflexionar sobre el diseño de una forma distinta, como un proceso de resonancia, de conexiones inesperadas, y no tanto como algo lineal. A veces me resulta difícil soltar el control y solo dejar que el momento me guíe, pero siento que en esta clase descubrí la importancia de permitirme esa libertad.
La música, el ritmo, el espacio que me rodeaba, todo empezó a activarme y me di cuenta de que cada sonido disparaba una idea diferente. ¿Qué tiene el espacio o el ritmo para activar estos pensamientos? ¿Por qué, en algunos ambientes, parece más fácil conectarse con ideas nuevas? Es algo que, como diseñadora, rara vez pienso conscientemente. Sin embargo, me doy cuenta de que el contexto tiene un impacto fundamental en mi creatividad y en la manera en que exploro ideas. La resonancia que se genera entre mi entorno y mis ideas le da una profundidad única al proceso creativo, y creo que es algo que, como diseñadora, necesito tener presente.
Pensé en cómo, en el ámbito académico, muchas veces se nos enseña a acumular conocimiento de manera casi mecánica, en lugar de invitar a una búsqueda genuina de sentido. Siento que el sistema educativo, en su afán por ofrecernos respuestas concretas, a veces puede apagar esa chispa de resonancia que necesitamos para conectar el conocimiento con nuestra propia experiencia. Cuando un conocimiento no resuena, me resulta difícil tomarlo y hacerlo parte de mí. En cambio, cuando algo conecto con algo, cuando aparece esa resonancia, es ahí cuando se le da un sentido, parte de mi identidad y de mi proceso.
Durante la clase, sentí que este ejercicio de resonancia iba más allá del aprendizaje, era un modo de autodescubrimiento y en este caso, de desafío. Conectar con mis pensamientos de forma libre, sin restricciones, me hizo preguntarme no solo sobre lo que aprendo, sino sobre cómo lo aprendo, sobre mi propio estilo de diseñadora. ¿Qué quiero ser realmente? ¿Cómo quiero usar las herramientas obtenidas a lo largo de estos años y el conocimiento que tengo para crear algo que hable desde mi experiencia, desde mi yo? Esta clase me dejó en claro que mi identidad como diseñadora no está en los elementos concretos de lo que hago, sino en la conexión que logro establecer entre mis conocimientos y mi mundo interno.
Pensé también en la importancia de tener un espacio adecuado para crear, un entorno que permita esa resonancia de la que hablábamos. En ese contexto, mi conexión con la FADU, sus pasillos de charlas, nervios, estrés, los lugares donde pase tantas horas pensando, creando y explorando, tiene un valor especial. Me di cuenta de que me he apropiado de este espacio, que me siento parte de él y que, sin embargo, aún me faltan preguntas que hacerme y espacios por descubrir. Al permitirme ese momento de introspección y dejarme fluir con la música, siento que encontré algo nuevo en mí y en mi relación con el lugar que me acogió y cuido en estos últimos años.
La resonancia que menciono no es solo algo que ocurre en los conceptos que aprendo; es una sensación interna que me recuerda por qué elegí esta carrera, por qué siento esta pasión por el diseño. Al reflexionar sobre lo que quiero como diseñadora, me di cuenta de que la verdadera creación no viene de una lista de reglas a seguir, sino de un espacio de exploración genuina, donde puedo cuestionarme y abrirme a la incertidumbre. A medida que me acerco al final de esta etapa, siento que la incertidumbre forma parte de mí, y me pregunto constantemente: ¿qué quiero aportar al diseño? ¿Cómo puedo hacer que mi trabajo resuene en mí y en los demás?
Me gusta pensar que el diseño no se trata solo de resolver problemas o responder a necesidades concretas, sino de crear experiencias, de generar conexiones profundas. Este ejercicio me permitió darme cuenta de que, cuando diseño con esa resonancia, cuando dejo que mis ideas conecten conmigo en un nivel más profundo, el resultado se vuelve algo significativo y humano. Siento que, como diseñadora, mi trabajo no puede quedarse en lo superficial, no puede responder solo a lo funcional. De todas formas, ese es mi mayor reto, poder salir de lo funcional, de lo que debo hacer para cumplir y poder mirar a mi yo interior y confiar en mi. Necesito poder encontrar ese equilibrio entre lo estético, lo funcional, lo que debo y lo que realmente quiero y deseo, eso que resuena adentro mío, con mi propio sentido de identidad.
Reflexionando sobre esta clase, me llevo la certeza de que la resonancia no solo depende de lo que hay dentro de mí, sino también del espacio y del contexto en los que me encuentro. Así como la música cambia nuestra perspectiva, el diseño depende del entorno en el que se desarrolla. Esta clase me dio la oportunidad de entender que, para crear algo realmente con sentido o mejor dicho, significativo, necesito permitirme ese espacio de exploración, de duda y de libertad. Es en ese proceso donde encuentro sentido y donde el diseño se convierte en algo más que un proyecto académico; se convierte en una parte de mí, en algo propio.
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